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Compro oro

Hoy publicaremos un artículo del Dr Félix González Yagüe, doctor Ingeniero de Minas y Licenciado en Economía, experto en Responsible Business y Shared Value Creation, actualmente directivo de ACCIONA y asesor estratégico de World Economic Forum, Unión Europea y Universidad de Oviedo, entre otras organizaciones.

A lo largo de la última década hemos asistido a la eclosión de un nuevo elemento especulativo en torno a la industria del bitcoin que ha alcanzado valores de capitalización en bolsa de 800 billones de USD, y que según recientes estudios de MIT ya es responsable de emisiones de CO2 equivalentesa las producidas por dos millones de habitantes en un país occidental.

Históricamente han sido varios los bienes entorno a los que se ha generado este tipo de espiral especulativa y, paradójicamente con un valor añadido para la sociedad alarmantemente decreciente, desde la un día imprescindible sal, hasta los metales preciosos, y pasando por auténticas lecciones de historia económica como los tulipanes.

De entre todos ellos, brilla con luz propia una materia prima, el oro, ese elemento químico metálico de color amarillo brillante, el más dúctil y maleable de todos los metales, gran conductor del calor y la electricidad y tan escaso en la corteza terrestre que ha protagonizado algunas de las más cruentas guerras de nuestra historia y aún hoy se erige en epicentro de uno de nuestros conflictos contemporáneos, la batalla comercial.

En torno a él se está produciendo en los últimos meses un vistoso baile de los mayores productores mundiales por hacerse con una gran parte del billonario pastel dorado. Un tira y afloja que muy probablemente terminará con la creación de un nuevo conglomerado de producción mundial a escala planetaria con capacidad para influir en el devenir de los precios de uno de los bienes más preciados de nuestro planeta. Pero ¿es justificada esta veneración por el oro?, ¿es oro lo que necesitamos ahora que por fin parecemos concienciarnos en preservar más que en explotar?

La humanidad ha extraído oro de la tierra desde hace más de 6,000 años, y más del 80% del material producido hasta la fecha se concentra en la acumulación de “riqueza” tanto por parte de organizaciones públicas y privadas, como por unos ciudadanos que encuentran en este metal un valor refugio que ninguna moneda, circulante o virtual,ni por supuesto ningún otro bien físico puede igualar. Y no están desencaminados, el precio del oro se ha multiplicado por más de treinta veces desde 1968, hasta alcanzar el entorno de los 1,400 dólares por onza, o lo que es lo mismo,más de 50 EUR por cada gramo a día de hoy. Durante ese mismo periodo de cincuenta años se ha extraído el 60% del oro total consumido históricamente que asciende a la inimaginable cifra de 190 millones de kg, más de 15 millones de los lingotes utilizados de forma estándar por los bancos centrales de todo el mundo.

Actualmente se producen 2,500 toneladas de oro cada año, pero solo el 12% se destina a actividades con una finalidad de servicio diferente de la financiera. Sus aplicaciones son infinitas, desde la industria de la automoción hasta la medicina y pasando por la electrónica, pero si limitáramos su utilización únicamente a tales fines, no necesitaríamos producir ni una sola onza de metal en los próximos 600 años. Bastaría con utilizar simplemente el metal que ya hemos producido a lo largo de los últimos seis milenios, y que podría reciclarse casi infinitamente, evitando así la emisión de 45 millones de toneladas de gases de efecto invernadero, el consumo de 650 millones de toneladas de agua y la energía equivalente a la demandada por más de 50 millones de hogares, así como la producción de más de 3,000 millones de toneladas de residuos sólidos…

Es, al fin y al cabo, el centro del dilema al que se enfrenta nuestro sistema productivo actual, entre lo que realmente necesitamos y lo que efectivamente producimos. Hace décadas supimos frenar la producción de los gases que estaban siendo perniciosos para nuestra capa de ozono y hoy ya estamos en la senda de hacer lo propio con el plástico, el papel y la quema de combustibles fósiles. Y en tanto gobiernos y corporaciones privadas son capaces de generar los mecanismos que nos permitan limitar la producción y el consumo de bienes y servicios intensivos en la utilización de recursos naturales finitos, nuestra misión como ciudadanos debería ser la de realizar un consumo y conservación responsable de ellos.

 

 

 

Dr Félix González Yagüe